Siglo XXI, Capítulo XXI: reflexión sobre el Principito

Posted on 6 julio, 2011

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Por: Adriana Labastie

No se ve bien sino con el corazón y que lo esencial es invisible a los ojos.

Capítulo XXI

Entonces apareció el zorro:
-Buenos días- Dijo el zorro.
-Buenos días respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta, pero no vio nada.
-Estoy acá -dijo la voz- bajo el manzano.
-¿Quién eres? –Dijo el principito-. Eres muy lindo…
-Soy un zorro –dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo –le propuso el principito-. ¡Estoy tan triste!…
-No puedo jugar contigo –dijo el zorro-. No estoy domesticado.
-¡Ah! Perdón –dijo el principito.
Pero después de reflexionar, agregó:
-¿Qué significa “domesticar”?
-No eres de aquí –dijo el zorro-. ¿Qué buscas?
-Busco a los hombres –dijo el principito-. ¿Qué significa “domesticar”?
-Los hombres –dijo el zorro- tiene fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?
-No – dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
-Es una cosa demasiado olvidada –dijo el zorro-. Significa “crear lazos”.
-¿Crear lazos?.
-Sí –dijo el zorro-. Para mi no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo….
-Empiezo a comprender –dijo el principito-. Hay una flor… Creo que me ha domesticado…

-Es posible –dijo el zorro-. ¡En la Tierra se ve toda clase de cosas…!

-¡Oh! No es en la tierra –dijo el principito.

El zorro pareció muy intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Es interesante eso! ¿Y gallinas?
-No.
-No hay nada perfecto… –suspiró el zorro.
Pero el zorro volvió a su idea:

Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si tu me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, ese campo de trigo? Yo no como pan. Para mi el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti y amaré el ruido del viento en el trigo…

El zorro calló y miró largo tiempo al principito.
-¡Por favor… Domestícame! –dijo.
-Bien lo quisiera –respondió el principito-, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.-Sólo se conocen las cosas que se domestican –dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes, Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo ¡domestícame!

-¿Qué hay que hacer? –dijo el principito.

-Hay que ser muy paciente –respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mi, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca…
Al día siguiente volvió el principito.
-Hubiese sido mejor venir a la misma hora –dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? –preguntó el principito.
-Es también algo demasiado olvidado –dijo el zorro-. Es lo que hace que un día sea diferente a los otros días; una hora, de las otras. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasearme por la viña. Si los cazadores no bailaran en días fijos, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:
-¡Ah!… –dijo el zorro-. Voy a llorar.
-Tuya es la culpa –dijo el principito-. No deseaba hacerte mal pero quisiste que te domesticara…
-Sí –dijo el zorro.
-Entonces, no ganas nada.
-Gano –dijo el zorro-, por el color del trigo.

Luego agregó:

-Ve y mira nuevamente las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver nuevamente a las rosas:
-No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aún –les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Y las rosas se sintieron bien molestas.
-Sois bellas, pero estáis vacías –les dijo-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quién puse bajo un globo. Puesto que es ella a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto que es ella mi rosa.
Y volvió hacia el zorro:
-Adiós – dijo.
-Adiós –dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
-Lo esencial es invisible a los ojos –repitió el principito, a fin de acordarse.
-El tiempo que pediste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
-El tiempo que perdí por mi rosa… -dijo a fin de acordarse.
-Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…
Soy responsable de mi rosa… -repitió a fin de acordarse.

Siglo XXI

Coincidencia pudo haber sido que precisamente el capítulo XXI del Principito, sea una clara imagen de cómo están los valores en nuestro siglo, el XXI. ¿Es que Saint-Exupéry ha sido un visionario y bien claro tenía que en nuestra era estarían, casi, perdidos los valores, algunos tan esenciales, como el de la amistad…

Hace varios días, hablando con una amiga, mientras le comentaba que pensaba escribir algo sobre la metafísica en el Principito, ella me pregunto:

-¿Y qué hay de metafísico en el Principito?

Y yo le conteste:

-Voy a escribir y después te enseño…

De metafísica hay en todos y cada uno de los capítulos de este libro. Su carácter existencialista está latente en cada una de las páginas. Pero me ha llamado la atención en particular el capítulo XXI porque es clave para relacionarlo con la metafísica y su crisis con la era posmoderna. El resto del libro, luego, lo podrán leer con otros ojos. Espero que no solo para ella, mi amiga, sino que para muchos de vosotros sea de utilidad para la vida práctica.

I

¿Cuá es el motivo por el cual el zorro aparece justo debajo de un manzano? Parece hacer referencia al “Pecado original”, no? ¿Es posible que la situación, justo debajo de ese manzano, pueda simbolizar la reconciliación del hombre mismo con su propio ser? ¿Puede ser un llamado a retomar los valores humanos?

La crisis actual de la metafísica y de la verdad se da como consecuencia de la crisis de los ideales de la modernidad que provocó el cientificismo y el nihilismo que hoy nos envuelven. La falta de esperanza y la negación a la existencia de verdad alguna se han propagado a tal punto que hoy se vive con una mentalidad que duda de toda certeza, mentalidad que se rige por el carpe diem.

Propio de la era posmoderna es la hermenéutica gadameriana propuesta para las ciencias del espíritu, en la que se maneja una verdad sin criterio, lo que supone la imposibilidad de discernir entre verdad y falsedad del mismo modo que es imposible su verificación. Es una verdad que permite juzgar. Es una verdad sin error, basada en la experiencia, así pues, se da o no se da. Se vive en un mundo en que cada uno tiene su verdad, verdad que se basa en lo que se siente y en lo que se desea. Priman los placeres estéticos. El postulado posmoderno, referente a la verdad, por antonomasia es que todo es opinable. La crisis de la modernidad nos llevó pues a vivir conforme a lo insubstancial, a lo trivial, a lo inconstante, a lo inconsecuente, a la evasión, a la diversión, quedando atrás todos los valores humanos esenciales. Tal como lo decía Heidegger, la crisis de la modernidad nos ha llevado al olvido del ser.

II

¿Por qué pregunta tanto el principito? ¿Por qué viene de otro planeta? Nuestro amigo es un principito filósofo. Y como todos los filósofos estamos vistos como extraterrestres por tratar de salvar valores humanos, de pensar en la posibilidad de una vida mejor, etcétera, no ha tenido mejor idea Saint-Exupéry que representarnos así. Al mismo tiempo, representa el principito al niño que todos llevamos dentro y que hemos perdido, que hemos olvidado. Sí, ese, al que nosotros los filósofos llamamos Ser y al que tan notablemente consideró Heidegger el Ser olvidado. Ser que viene al encuentro con una figura que representa la crisis de la posmodernidad, el zorro. Su segunda intervención bien claro lo anunciaba este habitante de nuestra tierra. “Estoy tan triste…”

III

Y… ¿Por qué está triste? ¿Por qué el zorro tiene necesidad de crear lazos? ¿Por qué la insistencia por su domesticación?

Con la crisis metafísica, el ser humano perdió también las ideas de arraigo y compromiso que lo llevan a habitar en este mundo como un perfecto extraño a causa de su pérdida de relación con lo natural, con el mundo y con los demás. Ha perdido sus raíces lo que le impide comprometerse con la realidad y su domesticación. Tanto compromiso como domesticación son conceptos metafísicos que expresan el lazo invisible que tenemos con las cosas, captable sólo por el corazón, desde donde el hombre construye su hábitat, posibilitando las relaciones con la realidad y así la recuperación de la metafísica arrinconada por la razón moderna. El compromiso es un concepto constructivo que permite la vinculación y la entrega del hombre a la realidad con la que tenemos una extraña unión y que es imposible de alcanzar a través de la razón humana. Si se practican estos conceptos, así como el de compromiso radical, el hombre sabrá amar y conocer realmente cuando se ama y, así, podrá recuperar y dar sentido a la vida, superando el individualismo provocado por el racionalismo.

Ahora bien, la domesticación de la realidad es la asimilación de la vida propia unida con el afecto humano. Lo que supone compromiso para los seres humanos, para las cosas es domesticación. Así, el hombre asume un compromiso con la realidad y esta se sume en la domesticación, alcanzando no una relación de utilidad con el entorno, tal como lo planteaban las ciencias modernas, sino de intercambio con el mismo. Esta necesidad de los seres humanos de formar vínculos relacionales tanto racionales como volitivos y activos, le permitirá acceder a la verdadera inteligibilidad, entendiendo realmente lo que ama, superando así lo material.

IV

¿Por qué la necesidad del rito? ¿Por qué la necesidad de tener que preparar el corazón para el amor? ¿Por qué es necesario saber que alguien llegará a una hora y no a otra? La incertidumbre es desestabilizadora y angustiante. Que no se cumplan los ritos en tiempo y forma o que no se cumplan sin mas, pude provocar la frustración. Nuestro fiel representante, el zorro, vive en un hogar que se sitúa espacio-temporalmente y que, por tanto, lo individualiza. Ante el fuerte nihilismo y desesperanza que acecha en la posmodernidad, no resta más que aferrarnos a algo que nos ayude a sobrellevar nuestra existencia en este mundo terreno pues, de lo contrario, de no conservar estas costumbres, la vida se nos haría insoportable y cada vez más incomprensibles y la incertidumbre nos arrastraría a la desolación. Tanto el rito como las costumbres, ayudan a superar el tiempo en este mundo. Los ritos, las tradiciones y las costumbres, son herencia de la entrega y dedicación de nuestros antepasados con este mundo. Del mismo modo que el hábitat ampara al hombre en el espacio, el rito lo abriga en el tiempo. El rito tiene, para cada uno, un unas normas que deben cumplirse, pero no representa para el hombre algo que lo consume sino algo que lo realiza y que lo contiene. Los ritos no deben justificarse más que en su saber en relación con la existencia humana de nuestros ancestros. Los ritos también ayudan a amar nuestro vida, nuestra existencia, dotándonos de algo de optimismo respecto a la vida bondadosa. Esto es lo que recupera el zorro cuando los cazadores bailan los jueves. Ahora bien, el optimismo sobre la bondad se sustituyó por un pesimismo radical con la posmodernidad. Los trascendentales metafísicos, verdad, bondad, unidad y belleza, fueron sustituidos, como consecuencia del nihilismo, por verificación, utilidad, fragmentación y sensualidad respectivamente, lo que desbanca la posibilidad de libertades absolutas frente a meras libertades aparentes limitando al hombre, haciéndole ajena tal liberación o salvación puesto que se le hace ajeno a lo natural y lo humano. Este pesimismo ya no es de unos pocos, sino que es un malestar en la cultura del siglo XXI, globalizado y repartido como el pan de cada día gracias a los medios masivos de comunicación, provocando el descontento general y negando toda posibilidad a la verdad. Deja de ser la verdad un descubrimiento para transformarse en la voluntad de la mayoría que, en muchas ocasiones, es ignorante de la realidad. Y así, como antes he mencionado que la verdad es “lo que siento”, con esta forma de asumir la verdad se pasa de lo cognoscible al pluralismo absoluto que como consecuencia vuelca al hombre a guiarse por lo circunstancial sometiéndose a lo accidental. Pero la dignidad humana necesita ser dirigida por lo trascendental y por lo superior.

V

No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos y que los hombres han olvidado esto, es una gran verdad.

Para recuperar esta dignidad, hemos de recuperar la metafísica y así nuestro Ser olvidado y para eso hay que conocer algo sobre la esencia. Las cosas, lo primero que muestran es su esencia y esta esencia es la que hace que las cosas sean las que son. El hombre cuenta con un conocimiento metafísico que le es natural y espontáneo al que se le llama sentido común puesto que son conocimiento sentidos y que no provienen de la reflexión y que son comunes a todos ya que son universales y generales y se dan en el tiempo y en el espacio y no distinguen ni de culturas ni clases sociales. Sus contenidos son metafísicos, antropológicos y éticos y son los fundamentos de todo conocimiento. La esencia puede ser llamada quiddidad, aunque el Aquinate haya preferido que se utilice el nombre de esencia puesto que es en ella y por ella que el ente tienen ser. Así, la esencia siempre hace referencia al ser y es imposible definirla sin pasar por él. Volviendo a la quiddidad, representa la esencia abstracta, que es ser aquello que es, e incluye los principios esenciales que permite una determinada especie. Así, como para nosotros nuestra esencia abstracta como hombres es la “humanidad”, para el principito, la esencia abstracta de su rosa es Flor.

A diferencia de la esencia abstracta que determina la especie, del mismo modo que la esencia concreta e individual incluye todos los principios esenciales que son el cuerpo, el alma, la materia y la forma, pero que no son idénticas, cada especie tendrá sus principios esenciales que le caractericen tanto formales como materiales. La esencia abstracta no incluye los principios individuantes ya que es un todo. Por el contrario, la esencia concreta común es distinta a la singular porque contienen los principios esenciales, individuantes en potencia y por consiguiente todo lo que le singulariza, volviendo así al “hombre” concreto, al “Zorro” concreto. Esta esencia concreta, singular, individual, expresa así todos sus principios, tanto esenciales como determinantes, en acto. Y por contener estos principios individuantes, ese “zorro” significa tanto la esencia, en este caso que representa al humano posmoderno, como todo lo que le acompaña.

Por otro lado, a la esencia también se le debe considerar como naturaleza en tanto que designa lo que es inteligible para el entendimiento y que, por consiguiente, implica un orden.

De la esencia, en estos dos últimos estados relativos, en el de naturaleza y en el de forma, se le predican accidentes en virtud de individuo concreto. La esencia, en estos estados puede estar en los entes singulares o en la mente de quien los conoce, lo que supone que le sobrevienen dos tipos de accidentes, por un lado los que adquiere como consecuencia de la realidad objetiva y por otro, los que adquiere por estar en el entendimiento. Esto permite que la esencia del concreto común se presente o bien como esencia absoluta o bien como esencia real o bien como esencia pensada. Así, la esencia tendrá tantos tipos de ser como individuos en que se encuentra. Pero la esencia puede hacer caso omiso del ser, aunque no deja fuera las posibilidades el poseerlo.

La esencia en estado absoluto, independiente de toda relación con la realidad, solamente puede atribuírsele predicados esenciales y no atributos, accidentes. Las formas de individuación o multiplicación no son intrínsecas a ella y no es sostenible este fundamento para la misma, puesto que sería una y la misma en todo sin posibilidad alguna de multiplicarse y, si fuera al inversa, se volvería individual estando en el individuo. Tampoco guarda la esencia relación con el ser ni por consiguiente con su existencia y sus formas de existir. El ser le sobreviene a la esencia. Así pues podemos decir que la esencia en el entendimiento es universal porque representa a todos los hombres. En la realidad, representa realidades existentes que en la mente también son singulares y existentes pero el entendimiento los convierte en universal, lo que significa que siendo uno puede representar muchos.

VI

La esencia, considerada en sí misma como estado absoluto, permite comprender la noción de valores, entendidos como esencias objetivas, puesto que los valores no se encuentran vinculados a las cosas. Las cualidades valiosas no varían con las cosas. Es así como para el zorro, el principito obtiene un valor que va más allá de su presencia física. Es así como el zorro seguirá amando al principito cuando este marche, puesto que mantendrá su intuición eidética de la amistad y sabrá tener presente en la memoria, con la analogía de los campos de trigo color oro y el cabello dorado del principito, el lazo de amistad que con el creó. Del mismo modo lo vive el principito con su rosa. El valor que tiene esa rosa domesticada y que, al mismo tiempo, domesticó al principito, tiene también el valor de la amistad y del amor. Que estos valores sean esenciales, permite que no se vean afectado ante cualquier situación, volviéndolos reales y convirtiéndolos en seres ideales. Tal como lo vivió el principito con la rosa al sentirse decepcionado al descubrir la mentira que la rosa le había dicho de su existencia como ejemplar único en el mundo. Es así como también el principito conserva la intuición eidética, manteniendo las notas esenciales del lazo que creó con ella y que le permite distinguirla de las miles que puedan haber en la tierra, reconociendo el valor de la amistad que les une. Podemos decir que los objetos ideales existen verdaderamente y que no solamente son existentes en la conciencia, puesto que si estas verdades valen, tiene que existir, lo que presupone su validez. Estos valores dependen del sujeto que los capta y no son independientes de él. Se le presentan a priori, en una intuición inmediata de orden sentimental, lo que los hace inaccesibles a la razón. Pero estos valores son objetivos en cuanto fenómenos y porque se distinguen del estado de sentimiento. La trascendencia de estos valores se da en la conciencia, entre objetos dados y actos intencionales que lo intuyen, esto permite entender que hay cualidades de valor que representa el dominio propio del objeto independientemente de su existencia, modificaciones y movimientos.

VII

La esencia que está en el entendimiento se ha abstraído de la esencia individualizada desmaterializándose, impidiendo la inteligibilidad de la forma en acto, permaneciendo en potencia. La universalidad de la esencia es propia del entendimiento debido a su carácter abstracto, pero, la universalidad de la esencia como concepto se fundamenta en la realidad puesto que la misma existe en la realidad siendo concreta e individual.

Se sabe que los trascendentales que componen el ente son siete; el ente, la realidad, la unidad, la incomunicabilidad, la verdad, la bondad y la belleza. Solo me detendré en la belleza, trascendental al que San Agustín deja como último y que esta relacionado tanto con lo verdadero como con lo bueno y que representa, de una forma distinta, la conveniencia del ente con el entendimiento y la voluntad que son las dos facultades del espíritu. ¿Y por qué haber elegido hablar del trascendental de la belleza? Porque la metafísica de la belleza, así como la del bien, conducen a la ética ya que tiene un aspecto práctico que comporta uno de los motivos para vivir del ser humano requiriendo de este la libertad para poder elegir la belleza. La belleza conduce a la felicidad, que es intemporal lo que nos permite perder la noción del tiempo. Es así como la vida estética, en sentido estricto y no en su significación actual, causante de tanta banalidad, es, de las terrenas, la más intemporal y que nos puede portar a la contemplación mística. El vivir estético, es esencial en la cultura humanista, puesto que lo bello es perfeccionante del hombre. La belleza completa al hombre, porque une el conocimiento y el amor. Expresa el bien, la verdad, y la unidad de la realidad. La belleza es una especie del bien al que agrega la visión porque, más allá de su voluntad, hace referencia al conocimiento intelectual. Así es que se puede considerar a la belleza como un trascendental del trascendental bueno. Todo participa de la belleza y del bien, ya que cada cosa es bella y buena según su forma propia y son bellas en su singularidad por su propia razón, y es así que la belleza se compone de integridad, de proporción y de claridad. De la primera se deduce la perfección, excluyendo cualquier defecto, lo que permite al ente ser bello por no carecer de nada. La proporción, por otra parte, relaciona las partes de un todo incluyendo la simetría, la armonía, la consonancia y el ritmo. Y por último, a la claridad se le atribuye lo bien definido, lo que tiene mucha luz y que permite la perfecta visión. Al mismo tiempo la claridad es definida como la revelación de la inteligibilidad de la realidad que, siendo intrínseca, permite su intelección. Tanto la integridad, como la proporción como la claridad son fundamentales ya que guardan relación de materia y forma. El primero como sujeto básico, el segundo como forma y el tercero como lo más profundo de esta formalidad. El Aquinate señalaba en la Suma Teológica que la belleza consiste en cierta claridad y exacta proporción que radicalmente se encuentra en la razón. Entonces, desde la facultad cognoscitiva bueno será todo aquello agradable para el apetito y bello lo que agrade con solo su aprehensión. Tanto lo bello como lo bueno se identifican en un mismo sujeto puesto que se basan en la forma. Serán así lo mismo, aunque podemos decir que lo bueno, como apetito o deseo, tiene carácter de fin porque todos tiende a él. Lo bueno, se complace por la posesión del objeto bueno, sin embargo, la belleza se fundamenta en el conocer ya que será aquello que a la vista agrade y se complace por su simple contemplación cognoscitiva. La belleza proporciona un conocimiento sensible-intelectual.

VIII

…Y es así, como nuestro amigo, el principito, hizo su viaje a la tierra de la era posmoderna, en busca de la perfección del ser, de la recuperación del ser. En busca de lo bueno que conduce a la belleza y de la belleza que conduce a la bondad, ambos, conceptos inseparables que se pueden traducir en ese amigo que el principito con tantas ansias buscaba para llenar su desolación y completar su ser. Belleza que encontró en el amor que descubrió sentir por su rosa, a la que contemplaba su belleza y a la que poseía por ser buena. Belleza que también logró conocer el zorro con el lazo de amistad que crearon, porque, por más que el pequeño príncipe marche, sabrá que ha poseído el valor de la amistad, y sabrá contemplar la belleza de la misma en los campos de trigo, y ya no se sentirá solo porque, aunque el zorro no posea en cuerpo presente a su amigo el principito, supo regalar su gran secreto, No se ve bien sino con el corazón y que lo esencial es invisible a los ojos.

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