Sobre el progreso y su involución:

Desde una perspectiva Benjaminiana

I

Con el progreso, ese  al que tanto Benjamin se oponía, no solo se han modificado e industrializado los “pasajes”, también lo han hecho los hombres, que tienen presencia fantasmagórica en cuanto civilización misma. Surge entonces, entre ésta masa la figura del “flâneur”, aquel personaje que pasea por la ciudad como un observador, siendo un hombre moderno que camina entre la gente y la ciudad en busca de ver más allá de lo que otros son capaces simplemente de observar, compartiendo la misma ciudad, relacionándose con el vulgo, pero sin llegar a volverse parte del mismo. Sin formar parte de esa muchedumbre que se pierde entre las fantasmagorías del mercado. Sus pasos le conducen a un tiempo desaparecido. A un tiempo que a otros le ha quedado en el olvido. Pero el Flâneur solo puede Flâneur cuando sale de dentro de esa gran pieza de arte plena de fantasía a la que llamamos sociedad y se refugia en su privacidad.

Poe, en “El hombre de la multitud”, fijó para siempre el caso del flâneur, que no se asemeja al tipo de paseante filosófico y adquiere los rasgos del hombre lobo que merodea inquieto entre la selva social.

El paisaje parisino que se presentaba ante sus ojos estaba invadido por la industrialización y por las exposiciones universales que afectaron a las nuevas construcciones, a la moda, la pintura, la fotografía, a las personas. Se creó una industria del placer que homogeneizaba absolutamente todo. Todo pasa a ser una relación de mercancía. A los pasajes, Benjamin los cataloga como inmensos escaparates. Se crea una fetichización de las mercancías. Lo importante es la mercancía y no las relaciones sociales. Se idealizan los objetos. Los hombres mismos se han creado un mundo de ilusión. El Flâneur, en medio de todo este mundo fantasmagórico, refleja la angustia del ciudadano.

Se produce un fetichismo de la cultura que oculta tras ella una barbarie; fetichismo de las mercancías; fetichismo de las imágenes, necesarias éstas para colaborar con el consumo de dichas mercancías. El fetichismo provoca grandes cambios en las formas de producción. La relación entre productor, entendiéndose éste como mano de obra, como quien emplea su fuerza de trabajo colaborando a la creación del cuadro angustiante de la sociedad, y el producto que es vendido, cambia de tal forma que se impone el segundo ante el primero. Erige el producto su poder frente a los individuos, que no ven más allá de lo superficial. La subjetividad está condicionada por la objetividad ligada a la economía. Objetividad económica  que avasalla y humilla a la sociedad. Objetividad económica que, conjuntada con el Estado, han degenerado la cultura para crear una sociedad rebaño a su entera conveniencia. La modernización implica el empobrecimiento de la humanidad. Todo se encierra en un círculo en el cual la humanidad esta atrapada, sometida a lo social y a lo superficial. Y solo será capaz de salir, según Benjamin, deteniendo la “locomotora del progreso”. De lo contrario, la civilización entera será devastada por una inmensa catástrofe producida por ella misma.

II

Hoy, siglo XXI, y desde una perspectiva benjaminiana, se puede entender la necesidad de redimir el pasado, la necesidad de un Mesías, puesto que con los aconteceres de éste nuevo siglo, el progreso avanza a un ritmo vertiginoso que, tal como en aquel entonces se había acelerado con una revolución industrial que favoreció al crecimiento de las ciudades, de las industrias y al desplazamiento de las personas, y que al mismo tiempo las atrapó en una sociedad de consumo, hoy, siglo XXI, nos vemos sumergidos en medio de una nueva revolución tecnológica, que no solo nos sigue consumiendo dentro del sistema capitalista, no solo tiene la posibilidad de controlar prácticamente a toda la humanidad, si no que también, en los últimos años, se ha creado un segundo mundo del que cada vez se hace más difícil escapar. Me refiero al mundo virtual. Un mundo en que los medios de producción de cultura y entretenimiento, recordemos : “donde predomina la economía”, nos están arrancando de lo que nos quedaba de vida real y a su vez nos están alimentando de cultura basura. Alimentando a los que ya no se puede considerar consumidores de cultura sino que podemos adjudicarles un nuevo término: contenedores de cultura.

Si finalmente, Estado y Economía, consiguen apoderarse de la especie humana, involucrando a toda la humanidad dentro de sus redes, puesto que las generaciones venideras son los nuevos adeptos, que nacen con ordenadores, pieza fetiche por antonomasia de nuestra era, con dispositivos de control bajo el brazo; ¿Cuál es la posibilidad de que la humanidad se salve de esa catástrofe? ¿Cómo se puede detener el tiempo para redimir el pasado si la historia, dentro de este mundo virtual, ya no da la posibilidad de que se puedan crear microhistorias, puesto que cada acontecer es borrado por completo en un simple click, pasando a ser un pasado que se puede borrar incluso como algo acontecido. Donde no hay cabida para la memoria involuntaria, puesto que no habrá sensación alguna que la pueda invitar. Donde el tiempo vacío explicado por Benjamin cobra una fuerza devastadora. ¿Quienes “pueden parar ese progreso”?

El Flâneur poco podría hacer, puesto que en tanto la sociedad se sumerja dentro del mundo de la vida virtual, poco tendrá para observar en sus galerías en el mundo de la vida real. Y, adentrándose en éste mundo virtual para pasear por las nuevas galerías cibernéticas, perdido quedaría y atrapado con toda la especie humana dentro, no de un mundo lleno de ilusiones, sino por el contrario, dentro de una ilusión.

Por tanto, podríamos considerar a Walter Benjamin un “visionario” sobre el destino de la humanidad en lo que refiere al progreso vinculado a la civilización. Quizás, lejos de su imaginación se encontraba ésta posibilidad de fin de la humanidad, pero sí pudo predecir que el monstruoso progreso nos llevaría a un destino trágico. Y sin perder la esperanza en poder salvar a la humanidad, solamente ha dejado en sus escritos el legado de una imperiosa necesidad de detener el tiempo y realizar una revolución, que ante el acontecer del proceso de la historia, y tal como vamos involucionando, hoy siglo XXI, la necesidad de esa revolución benjaminiana que salve a la especie humana se hace inminente.

Adriana Labastie

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