Sobre la tristeza y el dolor en Santo Tomás de Aquino

Por Adriana Labastie

¿Qué es el sufrimiento? ¿Qué es el dolor? ¿Es una sensación o es una emoción?

El dolor, algo que todos creemos conocer y poder identificar, es algo bastante difícil de definir. Si lo buscamos en el diccionario, lo que encontramos como definición se centra en el ámbito fisiológico del hombre. Cualquier definición será escasa ya que si nos ponemos en contacto con una persona que está sufriendo un dolor nos podemos dar cuenta de el espacio vacío que queda entre un discurso para definir el dolor y lo que tal individuo sufre cuando padece un dolor.

Santo Tomas de Aquino considera que el dolor exige dos cosas;

alcanzar un mal (mal en el sentido que se nos priva de bien) y la preparación de este logro.

En efecto, todo sufrimiento para ser sufrimiento necesita cumplir también dos condiciones necesarias y suficientes; el logro de un mal y la percepción de este logro.

En la metafísica de Santo Tomás, el mal es un ente de la razón y no un ente real, por lo que no tiene una realidad ontológica, sino que es una privación del bien. Este mal es una imperfección, es privación de bien, privación de ser. De esta forma lo manifiesta en el Compendio de la Teología cuando dice que hemos de considerar que

así como con el nombre de bien entendemos la perfección del ser, con el nombre de mal entendemos nada más que la privación de esta perfección. Ahora bien, como que la privación propiamente dicha es la privación de un bien debido a que le pertenece en un tiempo y de una manera determinada, es evidente que denominamos mala una cosa porque está falta de una perfección que debe tener. Por ejemplo, si a un hombre le falta el sentido de la visión, es un mal para el, pero no lo es para una piedra, porque la visión no es propia de esta.

El mal es, como ya he dicho, ausencia de bien. El mal no puede existir por sí dado que no tiene esencia. Los entes participan del ser según su naturaleza esencial. Algunos participan con más plenitud ontológica por estar dotados de entendimiento y de voluntad. Otros participan muy íntimamente. Hay cadenas jerárquicas de los entes y a cada peldaño le corresponde un determinado nivel de bien. El ente tiende al bien movido por la perfección. Si no logra este bien que le corresponde por naturaleza, sufre. Esto lo explica Santo Tomas de la siguiente manera:

 El mal está en la sustancia cuando a ésta le falta lo que tiene que tener por naturaleza, y por esto  no es mal que un hombre no tenga alas, porque no le pertenece naturalmente; y si no tienen cabellos rubios, esto no es un mal, ya que, aunque le correspondería por naturaleza, no es necesario que tenga. Sería en cambio, un mal si no tuviera manos, ya que por naturaleza tiene que tenerlas, si es perfecto; pero en cambio, esto no sería un mal para un pájaro. Toda privación, por tanto, tomada estricta y propiamente, es de algo que se tiene que tener por naturaleza. Así, pues, la privación entendida de esta forma, siempre incluye la razón del mal.

Distingue también el Aquinate, dos géneros del mal:

“Siendo el mal una privación y un defecto” según se ha dicho antes, este defecto puede surgir en una determinada cosa no solo en referencia a una naturaleza, sino también cando su relación es ordenada a un fin. Por consiguiente el mal se predica de dos formas, a saber, según un defecto en la propia cosa,, como la ceguera es un mal en el animal y según un defecto en la acción, como la cojera, que representa una acción con un defecto”.

 Con esto podemos decir que el mal considerado como privación del bien puede encontrarse en la propia naturaleza del ente, o en la relación con un fin determinado. Sea cual sea el lugar donde se encuentre, el mal causa sufrimiento al sujeto.

En una segunda distinción, Santo Tomas  dice  que las cosas  tienden a un fin, que es su bien, pero que también puede seguir un comportamiento desordenado y no ir hacia el bien que le pertenece. El sujeto puede desviarse de forma natural, voluntaria o intencional de su camino al fin que le corresponde, produciendo también sufrimiento.

En un sujeto que sufre, el dolor siempre es dolor. El sufrimiento hace referencia a un ente que percibe el mal. Solo el mal que cae en un sujeto, quien lo percibe como tal, es el que produce dolor, y el hombre puede sufrirlo de forma natural o voluntaria y lo percibirá de forma física o espiritual. Los objetos inanimados, como puede ser una mesa, no perciben el dolor puesto que no están dotados de sentidos, por lo que no sufre. El anima sufre en tanto que siente un determinado mal que puede ser fisiológico o privación de alguna facultad. Con esto vemos que no todos los entes perciben el mal de la misma manera. El sufrimiento es una cuestión de percepción. Para que haya dolor tiene que haber mal y percepción del mal. Si el sujeto realiza acciones sin percatarse de que es una mala acción, no sufre. Por lo que no todas las personas tienen  la misma sensibilidad a la percepción del mal.

El sufrimiento siempre refiere al sujeto. El mal en el sujeto puede ser sensitivo o intelectivo. Si el mal es corporal, entonces este mal se puede encontrar en el apetito sensitivo. Si el mal es espiritual, entonces el dolor pertenece al apetito intelectivo.

Todas las cosas tienden a buscar su bien, pero este puede conseguirse o no. Si se consigue y se percibe como tal, entonces logra el estado de placer, de lo contrario, en caso de no alcanzar el bien, el sujeto vivirá en estado de privación del bien, por tanto vivirá en el mal, lo que enciende la pasión del apetito sensitivo o intelectivo. El sufrimiento está por tanto, íntimamente relacionado con la búsqueda del bien. Aquel hombre que no busque el bien, no percibirá la privación del bien y por tanto, no sufrirá. Pero esto es bastante poco probable dado que la naturaleza del hombre que tiende a la búsqueda del bien espiritual y físico, por lo que, dada esta continua búsqueda el hombre está a la deriva en el camino del mal y del dolor. El hombre, en su deseo de unidad de cuerpo y espíritu, cae con frecuencia en el dolor. Si no tuviera tal deseo, tampoco sentiría la falta del mismo. Pero no es así, ya que ese deseo por la paz y la armonía en esta unión resulta el móvil del dolor. Si no se deseara nada, tampoco se sufriría, pero pensar esto es contrario a la naturaleza humana. Todo ente por el mero hecho de ser ente tiende a un fin y este fin es el bien.

Según el Aquinate, vivir comporta sufrimiento en sí mismo, por lo que describe el dolor como la percepción del mal en la vida. Ahora bien, el mal es privativo, pero su ser es el bien, ya que la razón del sufrimiento radica en su bien. El mal y el dolor no tiene un ser real sino que es un ser mental, lo que indica falta de ser. Cuando sentimos un dolor notamos que hay algo que no está bien. El dolor nos muestra que no somos dioses, sino que somos individuos que buscamos un fin difícil de alcanzar. Lo bueno de la ausencia de bien es que nos incita, nos enciende la vida para encontrar ese bien, no dejándonos caer en el tedio de una vida que es autosuficiente. Existen muchos casos de gente que se suicida por creer que en la vida ya lo tienen todo y nada más han de buscar. La monotonía puede conducirnos a una gran depresión, pero ese ya es otro tema.

Hemos de recordar también que si no hubiera bien, tampoco habría mal, ya que uno es privación del otro. El Aquinate ante esto dice

 No puede existir nada que sea esencialmente malo, porque siempre hace falta que un mal esté fundamentado en otro sujeto bueno y por tanto, no puede existir nada que sea un mal en grado sumo como hay un bien en grado sumo, que es esencialmente bueno.

Santo Tomas basa el universo en el ser y en el bien. Nuestro mundo no es perfecto pero tiende a la perfección buscando el bien. La privación de este fin causa el sufrimiento de nuestro mundo.

En lo que refiere al dolor y la tristeza, estos dos conceptos no son sinónimos y Santo Tomas los distingue diciendo que

el placer y el dolor pueden tener su origen en la aprehensión de los sentidos exteriores o en la aprehensión interior de la inteligencia o de la imaginación. La aprehensión se extiende a más objetos que la aprehensión exterior, dado que lo que es objeto de la aprehensión exterior lo es también de la interior no al revés. Denominamos alegría solamente al placer causado por una aprehensión interior, como ya hemos dicho. Igualmente, denominamos tristeza solamente al dolor causado por una aprehensión interior.

Si bien el dolor es la percepción del mal, la aprehensión del dolor puede ser interior o interior. La aprehensión exterior es la que tenemos a través de los sentidos externos, básicamente del tacto; la aprehensión interior la tenemos por las facultades internas del sujeto que son la inteligencia y la imaginación. Santo Tomás considera que la aprehensión interior tiene más carácter que la exterior, lo cual es verdad dado que la interior incluye la exterior. La aprehensión interior de un dolor es lo que se llama tristeza. Por eso dice Santo Tomás que la tristeza es una especie de dolor. Un dolor interno, motivado por la inteligencia y la imaginación. Si el hombre no tuviese la capacidad de reflexionar sobre su vida no conocería la tristeza. Así como la aprehensión externa del dolor es propia de todos los animales dotados de sentidos, la aprehensión interior solo es posible en seres inteligentes, racionales e imaginativos. El dolor de la tristeza es mucho más grave y problemático que el dolor externo por los efectos que provoca.

La capacidad cognoscitiva, dice Santo Tomás, es capas de percibir el pasado y el futuro, por lo que puede haber tristeza del pasado, del futuro y del presente. Esto es distinto a lo que se siente con el dolor corporal que solamente es presente. El dolor interior no tiene un limite en el tiempo como lo puede tener el dolor físico. Recuerdos del pasado pueden aparecer inesperadamente y conducirnos a un estado de tristeza. En lo que refiere a los pensamientos sobre el futuro, el temor a un mal que posiblemente ocurrirá en el futuro también provoca tristeza. El hombre tiene la capacidad de avanzarse a los acontecimientos para intentar preverlos. Pero de todos aquellos problemas que el hombre pueda adelantarse en su pensamiento, hay uno en particular que le entristece de forma particular, este es el miedo a la muerte, ya que esta no supone una privación de bien, sino que es la privación absoluta de la vida. En la vida aún nos quedan posibilidades de esperanza para alcanzar el bien. Con la muerte ya no existen posibilidad alguna de realizarse. Esto es algo inevitable para el hombre en tanto que es un animal con conciencia de su pasado, presente y futuro por medio de su inteligencia, de su memoria y de su imaginación.

En lo que refiere a lo mencionado anteriormente respecto a que el dolor es un tipo de tristeza, Santo Tomas considera cuatro formas posibles de tristeza que ya, anteriormente, habían sido analizadas por Aristóteles. Estas eran: la tristeza producida por la miseria, esto es la falta de bondad tanto espiritual como material; la tristeza del envidioso, falta de un bien que otro posee y le es imposible conseguir; la envidia; y por último la angustia, producida por el miedo a perder un bien. La incertidumbre de un bien provoca angustia y esta conduce a la tristeza. Al mismo tiempo Santo Tomas determina la tristeza en cuatro tipos: mal propio, compasión, envidia y la ansiedad.

Ahora, tratando cuales son las causas que provocan el sufrimiento hemos de tener en cuenta que Santo Tomás, así como Aristóteles consideraban el universo como un conjunto de entes gobernados por un orden causal en el que todo lo que sucede tiene una razón específica. La inteligencia humana descubre en el mundo un conjunto de seres ordenados según su perfección, enlazados unos con otros según sus relaciones causales que, en su conjunto, configuran un perfecto orden armónico y dinámico. La diversidad emana  como síntesis de la unidad. Todo orden implica una jerarquía. Los seres se ordenan según su perfección que viene definida por un finalismo trascendente. En este mundo todo tiene una causa, su lugar y su finalidad. De la misma manera que este mundo tiene una causa nos hemos de preguntar sobre la causa del sufrimiento y, como se ha definido antes, si el sufrimiento es percepción del mal, nos hemos de preguntar cual es el motivo por el que hay dolor en el universo. Cuál es la causa y el lugar del mal en nuestro universo. Santo Tomas indica que el mal no tiene una causa propia sino que tiene una causa accidental. El Aquinate argumenta que el mal es cierta privación y que la privación accidental en las cosa mudables, distintas a la forma y a la materia, son principios propios. Un principio propio ha de tener una causa propia y una causa accidental ha de tener una causa accidental. Es así pues que el mal es causa accidental de las cosas. Para Santo Tomás, la causa del mal es el bien. El mal no tiene entidad porque es privación. Por tanto, si no tiene entidad, el mal no puede ser nada. Así que si el mal tiene causa pero no tiene entidad, la causa no puede estar en él mismo, ha de estar en la entidad, en el bien. Otro argumento que utiliza para esto es que:

Todo lo que propia y naturalmente es causa de algo tiende a producir su propio efecto. Si el mal fuera causa de algo, tendría que producir su efecto, es decir, el mal. Y eso es falso, porque todo agente intenta el bien. Por tanto, el mal no es causa propia de nada, sino que lo es accidentalmente. Pero toda causa accidental se reduce a la causa propia, y únicamente el bien puede ser causa propia. Pero el mal de ninguna forma. Así, pues, el mal esta causado por el bien.

Entendido esto se puede decir que lo que existe es accidentalmente posterior a lo que existe por si. El mal existe accidentalmente porque no tiene una razón específica; es por este motivo por el cual no puede ser un principio ya que depende de forma ontológica del bien. El mal, como el bien, ha de ser bueno por esencia, pero no es posible porque el mal no tiene esencia. Santo Tomas dice:

No puede existir nada que sea esencialmente malo, porque siempre es necesario que un mal esté fundamentado en otro sujeto bueno y, por tanto, no puede existir nada que sea un mal en grado sumo, como hay un bien en grado sumo, que es esencialmente bueno.

Especulativamente Santo Tomas señala las cuatro causas que hacen posible el sufrimiento: La pérdida de un bien o el advenimiento de un mal la concupiscencia; el apetito de unidad; y una potencia irresistible. La pérdida de un bien siempre provocará sufrimiento. El bien es lo que todas las cosas desean, es la perfección, como he mencionado anteriormente. Es así que la privación de un bien supone la privación de la perfección. Tomas dice que aunque el mal no tiene una realidad ontológica se comporta como si sí la tuviera. Cuando perdemos un bien de carácter espiritual sea la virtud, la amistad, etc., sufrimos interiormente. Este dolor se refleja en el carácter humano, incluye también los sentido así como la capacidad de amar, etc. Si el bien que perdemos es físico, el sufrimiento se duplican el sufrimiento exterior por causa  de la materia y el interior por parte de la reflexión.

En lo que refiere a la concupiscencia, es el movimiento del apetito hacia el bien con ganas de abrazarlo y gozarlo. El Aquinate, así como San agustín, entiende que es la mayor causa de sufrimiento. Con este deseo se repudia el mal que es contrario. El principio que lo rige es el amor. El bien y la perfección son el motivo del amor ya que todo ser quiere esparcir su bien.

Santo Tomás lo dice de la siguiente manera:

Pero la misma concupiscencia, considerada según su propia razón de ser a veces causa de dolor. En efecto, todo lo que impide que el movimiento alcance su término es contrario al movimiento. Y todo lo que es contrario al movimiento del apetito entristece. Por consiguiente, la concupiscencia se convierte en causa de la tristeza, en la medida en que nos entristecemos por la tardanza del bien anhelado o por su total supresión.

Per ocon esto Santo Tomas no cree que la concupiscencia pueda ser la causa universal del sufrimiento porque nos duele más la pérdida de los bienes presentes, con los que tenemos placer,  que no en los futuros.

Pero los efectos del dolor en el sujeto tienen implicaciones importantes en la vida de la persona. Es un fenómeno que absorbe completamente al sujeto. El dolor deja sus huellas en la persona que ha sufrido. Hay distintos grados y variedades de dolores. El dolor puntual no cala de la misma forma que el dolor que puede padecer una enfermo terminal en momento de agonía. Pero podemos decir que todo dolor, por minúsculo que sea, tiene efectos determinados que crecen conforme al grado e intensidad del dolor. El sufrimiento cambia a las personas, sus maneras de comportarse, los hábitos, los sentimientos e incluso cambia la concepción del mundo, Cada persona lo vive de una forma particular y nadie vuelve a ser la misma persona que fue antes de haber padecido un gran dolor. Dentro del dolor espiritual se distinguen también dos efectos, los primarios y los secundarios. Por un lado, los primarios son los que van ligados a la experiencia del dolor y a los que, siguiendo las palabras del Aquinate podríamos enumerarlos como el dolor que acapara el ánimo, debilita toda actividad, disminuye la capacidad de aprender y perjudica el cuerpo más que cualquier otra pasión; y por otro los secundarios que son la consecuencia de la reflexión y meditación sobre la experiencia que se ha vivido. Según Santo Tomás, la tristeza es causa de un mal presente que, por el simple motivo de ir en contra de la voluntad, acapara el ánimo en la medida en que le impide disfrutar de lo que se quiere. El dolor interior, la tristeza, pesa sobre el ánimo de modo tal que lo deja sin ganas de hacer nada. Se entra con la tristeza en estado de apatía, de profundo hundimiento espiritual. Quien entristece, en cierto modo muere tanto por dentro como por fuera. La tristeza crece en la medida que se pierde toda esperanza de escapar del mal.

El primer efecto de la tristeza pues, es el agobio del ánimo, al que se le relaciona el debilitamiento. Quien sufre deja de realizar actividades, pierde su dinámica vital. Dice Santo Tomas respecto a esto:

La tristeza es un impedimento para cualquier actividad, ya que lo que hacemos tristes, nunca lo hacemos tan bien como lo que hacemos con placer o sin tristeza. La razón es que la voluntad es la causa de la actividad humana y, por tanto, cuando la actividad tiene por objeto algo entristecedor, necesariamente la acción se debilita

Evidentemente que si la voluntad se muestra afectada por la tristeza, nuestro potencial disminuye, disminuyendo así nuestra actividad intelectual, la comprensión de la realidad de uno mismo y de los otros. El sujeto se pierde al centrarse de forma exclusiva en el dolor interior que padece.  La tristeza perjudica el funcionamiento del cuerpo también ya que el cuerpo es la unión de cuerpo y alma. La explicación del Aquinate es que de entre las pasiones del alma, la tristeza es la que más daña el cuerpo, la razón que porque daña la vida humana, oponiéndose a realizar sus impulsos.

Si la tristeza es grande, el hombre cae en desesperación. Cuando el mal continua por un largo tiempo o aumenta, la esperanza comienza a desaparecer y la desesperación comienza a consumir al hombre. La desesperación es la privación de toda esperanza. La desesperación es la cima del sufrimiento. La desesperación es propia del humano porque está estrechamente relacionada con la espiritualidad.

Pero el hombre también tiene la capacidad de enfrentarse al dolor y superarlo, puede aprender a convivir con él controlándolo con la razón y los sentimientos. Frente al dolor solo tenemos dos alternativas: desesperarnos, llegando así al desánimo y al aislamiento, o aceptarlo y aprender a convivir con él.

El sujeto es la criatura más perfecta, digna y noble de la creación, y por su espíritu participa del ser, de la realidad. Partiendo de esta premisa, claramente, el dolor se vuelve inferior. La tristeza, como mencioné anteriormente, no es más que la percepción subjetiva del mal, no tiene ser propio, por lo que es más débil y frágil que la naturaleza del sujeto, aunque cuando está presente la tristeza su alcance tiene consecuencias muy graves, conmociona al sujeto. Pero hay ejemplos en la vida de casos de personas que han sufrido grandes dolores y que han sabido superarlos. Es así que sabemos que el sujeto tiene la capacidad de enfrentarse y vencer  al dolor. El ser es superior al mal porque el mal depende del ser, y ahí donde hay mal, también hay ser, porque el mal se acomoda donde está el bien y el bien es ser. Es así que cualquier persona puede sufrir un dolor corporal o interno, pero, en la medida que tiene ser tiene más bien que mal y más perfección que imperfección. No existe mal que elimine el bien del ser. 

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